Empuñaré mi caña.
Lanzaré mi anzuelo tan lejos
como pueda;
en él, habré puesto una
palabra
que desconozcas pero en mis
labios te describa,
que no encuentre mejor refugio
que tu oído,
que te invoque, te seduzca, te
conciba,
que al morir no se perfume de
olvido.
Si no bastase una palabra
colgaría de él una estrella,
azul, cálida, palpitante;
que guíe tus andanzas hacia el
norte,
que ilumine tus noches de
desvelo,
que entone a tu mirada un
viejo acorde,
que embriague con su polvo tu
cabello.
Si no fuera suficiente
ataría en él una caricia,
ligera, absoluta, certera,
infinita;
que sea serpiente devoradora
de virtudes,
mariposa inquieta merodeadora
de tus senos,
corcel galopante por tus
praderas ardientes,
fantasma perenne, invasor de
sueños.
Si a pesar de todo no muerdes
el anzuelo
y percibo cerca el ocaso a mi
jornada;
si sol y horizonte se funden
en grácil devaneo,
entendería entonces que no
deseas ser encontrada.
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