Mis
manos fétidas están
de albergar caricias por el tiempo
carcomidas.
Llagas
sangrantes de inanición acumulada
encallando en mi piel ya muerta.
Heridas
que bostezan a cada intento,
a cada respiro,
supurando desolación y hedor
a escoria fresca
y olvido.
Mis
ojos mudos, embalsamados,
navegan desorientados
por pantanos
subterráneos
mutilados de luz,
anegados de escombro y
espinas.
Ambulantes
moribundos
infectados de la peste
calcinante
del absurdo.
Y
yo, sin ganas,
en la quietud de la morada mortecina
aguardando a que fermente en mí la bruma
que todo
remedia,
que todo culmina.
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