Aquel que escribe no vive,
sueña.
No posee existencia propia,
rapta alguna que se
rinda a su paso,
la moldea, la imagina, la recrea;
la prostituye, la
enaltece, la glorifica.
Se entrega a ella en
abrazo,
en suspiro de sutil
encanto
volviéndola canto, leyenda o poesía.
Se mira buscando, sin
razón alguna;
entre malezas y
pantanos cotidianos,
entre paraísos y
vergeles devastados,
sin saber certeramente lo que
busca.
Y odia más que todo a la
palabra absurda,
la que se encubre de dogma,
la que se ahoga justo antes
de
escapar de la pluma,
la que muere de olvido
diciendo nada.
Se cuestiona mil cosas mil
veces,
del ayer encomiable,
del mañana imposible;
de las minucias que encumbran al
hombre,
de los silencios que exterminan voraces,
de ese Dios tan perverso como
intangible.
Aquel que escribe no vive,
sueña.
A veces le alcanza para
soñar despierto
con musas fugaces de eternos
cabellos,
con ángeles íngrimos iluminando
veredas,
con jubilosos
halitos que inhiben el tiempo,
con nostalgias inocuas, pasajeras.
Aquel que escribe no vive,
sueña
Y mientras sueña, escribe,
desperdigando palabras sobre la arena
codiciando liberación
del destino,
con el afán de eternizar una
añoranza
bajo la sombra de su espíritu rebelde,
desvalido.
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